Ya ha pasado más de un mes, concretamente el 31 de diciembre
pasado, cuando las autoridades del gigante asiático, China, dieran la alarma a
las organizciones sanitarias internacionales de que se estaba extendiendo un
virus entre su población que provocaba un cuadro respiratorio banal, pero que en un número indeterminado de ellos podía agravarse los
síntomas, incluso llevándolos a la muerte. A pesar de las medidas tomadas por
sus dirigentes el virus fue capaz de extenderse dentro de su propio país y, en
poco tiempo, más allá de sus fronteras. Hecho muy fácil de adivinar debido a
que estamos en un mundo globalizado, donde el movimiento de personas a través
del planeta es tan fácil como lo es el aire que respiramos.
Hasta ahora, podíamos entender las medidas de contención,
incluso de cuarentenas a gran nivel poblacional ya que siempre había existido un
vínculo epidemiológico, en los nuevos casos que aparecían en los países de
alrededor o en otros países, con el origen de la infección, China. Pero en los
últimos días hemos podido saber que empiezan a aparecer brotes en países a
muchos kilómetros de distancia sin existir relación epidemiológica alguna con
el inicio de la infección, lo que quiere decir que ha llegado por otra vía,
desconocida, diferente a la transmisión directa. Esto significa que tendremos
que acostumbrarnos a vivir con el Coronavirus durante mucho tiempo, ya que una
vez se ha expandido mundialmente puede convertirse en endémico para los
humanos, como lo es la gripe.
No debemos olvidar, según los datos que tenemos hasta ahora,
que la mortalidad de este coronavirus, llamado Covid-19 sigue siendo muy
pequeña. El peor de los escenarios sería la de un virus global que genera miles
de infectados con síntomas más o menos leves, pero, con suerte, pocos muertos. Probablemente
no sea el virus de la gran pandemia mundial letal de la cual nos vienen
hablando hace muchos años.
El miedo, desde mi punto de vista, no es el virus en sí, el
problema es que a los pacientes que afectará, sobre todo, serán aquellos que
padecen otras enfermedades crónicas, lo cual va a provocar una demanda de tal
calibre de nuestros servicios sanitarios, ya de por sí con recursos humanos y
materiales limitados. Por tanto, lo único que podemos hacer es tener un sistema de salud preparado con los recursos humanos y materiales suficientes para
atender a los pacientes que se infecten y tratar las complicaciones de otras patologías
previas.
A la prensa sensacionalista le diría que más que mandar
mensajes de miedo se preocupe en enviar mensajes educativos de prevención en
salud, de utilización racional de los recursos, ya que en este tipo de
situaciones sembrar el pánico es el peor aliado. Les podría poner como ejemplo,
de lo que puede llegar a provocar este miedo, estudios que nos reportan cifras
de absentismo laboral entre los profesionales sanitarios durante una situación
de alerta epidemiológica que puede alcanzar hasta el 50%, sólo para protegerse
a sí mismos o a sus familiares por el temor al contagio; imagínense nuestros
hospitales con la mitad del personal y con los servicios de urgencia bloqueados,
esto sí que es para dar miedo.
Por tanto, contribuyamos todos y todas a garantizar unos
servicios sanitarios con unos recursos humanos y materiales dotados de forma
adecuada y a una población educada en salud, sin miedo porque va a tener unos
profesionales y unas infraestructuras apropiadas para darles la mejor atención
posible, ante una eventualidad como la que tenemos ya encima y a la que debemos acostumbrarnos ya a convivir con ella.
Luciano Santana Cabrera
Doctor en Medicina
Especialista en Medicina Intensiva
Diplomado en Salud Pública.