miércoles, 13 de agosto de 2014

Ébola la vieja pero muy actual epidemia

El virus Ébola, descubierto en 1976 en la  República Democrática de Congo, cerca del río Ébola, cuando afectó a 318 personas de las cuales casi un 90% fallecieron. Desde entonces se han producido brotes esporádicos. El huésped que actúa de reservorio natural es por ahora desconocido, aunque se piensa que es una enfermedad transmitida por animales, siendo los murciélagos el reservorio más probable.
La enfermedad se transmite por contacto directo con fluidos corporales (sangre, orina, heces, vómitos y, probablemente, sudor) de los pacientes que presentan síntomas de la enfermedad. Mientras no presentan síntomas, aunque estén infectados por el virus, no son contagiosos y tampoco se ha demostrado que se transmita por vía respiratoria.
Este virus tiene un periodo de incubación de 8 a 10 días, pero puede oscilar entre 2 y 21 días. Los síntomas comienzan de forma aguda y consisten en fiebre, escalofríos, dolor de cabeza, dolor muscular y articulaciones, malestar general, vómitos, diarrea, dolor abdominal, tos seca y pérdida de apetito. Posteriormente, según avanzan los días, aparece postración, estupor, bajada de la tensión y hemorragias en conjuntivas oculares. Las hemorragias masivas, lo que da pie a su nombre de fiebre hemorrágica,  solo se producen en pacientes moribundos. La mortalidad de la enfermedad varía entre el 25% y el 90%, dependiendo de la subespecie causante del brote epidémico, siendo el más virulento el virus Ébola Zaire, precisamente el causante de la epidemia actual.
Por el momento, no hay ningún tratamiento específico de eficacia comprobada. El mejor y único tratamiento por ahora es la prevención, evitando el contacto con los fluidos de los pacientes mediante medidas de barrera que lo impidan como son guantes, gafas, mascarillas, ropa adecuada, etc.
La transmisión tan importante que ha tenido esta enfermedad se debe a que en las zonas endémicas, aparte de no disponer de los medios sociosanitarios indispensables, su cultura en cuanto al manejo de los cadáveres de pacientes fallecidos hace que el contagio se  multiplique. Por tanto, son muchas las personas que acuden a los médicos o simplemente se quedan siendo cuidados por familiares por lo que el número de contagiados se multiplica día a día.
En estos días se ha planteado la polémica por el traslado del sacerdote misionero fallecido por esta enfermedad, donde habían partidarios de su repatriación para recibir los mejores cuidados sanitarios en un país desarrollado pero también había quien ponía en entredicho esta decisión por el riesgo que existía en la trasnsmición de la enfermedad. Para los que temen por ésto decirles que traer al enfermo a nuestro país no debe representar ningún problema si se siguen los protocolos existentes y se disponen de medios para aplicarlos, como es el caso de España. El problema sí que puede aparecer ante la llegada de una persona que ha estado en zona epidémica  y que comienza con fiebre antes de que se cumplan tres semanas de su salida de la zona epidémica. Lo más probable es que no sea Ébola, pero mientras no se descarte debe manejarse como si lo fuera.
Los países desarrollados y las organizaciones gubernamentaneles y ONGs deben centrar todos sus esfuerzos en poner coto a esta terrible y temible epidemia, no sólo en el control de fronteras sino actuando en el foco de la infección mejorando las condiciones sociosanitarias de estos países pobres y que sirva una vez más de lección solidaria con los países fronterizos subdesarrollados.