viernes, 28 de octubre de 2011

Evitemos los hábitos insanos

Por: Juliana Martin
Enfermera
Hospital Dr. Negrin (Las Palmas de GC)
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha llamado la atención recientemente sobre el importante desafío que suponen en el mundo, y supondrán en los próximos 50 años, las enfermedades no transmisibles, es decir las enfermedades no infecciosas. En ellas, el estilo de vida puede marcar una decisiva influencia y, por tanto, el individuo tiene un papel muy importante en su potenciación o prevención.
Antiguamente las enfermedades infecciosas tenían un peso muy destacado en la salud de la humanidad. La esperanza media de vida de las personas hace dos siglos no era superior a 50 años y las epidemias (tuberculosis, viruela, difteria, peste, etc.) eran una realidad casi cotidiana. El estilo de vida de la época permitía un margen prácticamente nulo a las personas a la hora de prevenir los males que más se extendían por el mundo.
Sin embargo, determinadas medidas sencillas de salud pública que se fueron tomando, como depurar el agua de consumo, llevar las basuras o las aguas residuales fuera de las ciudades, administrar vacunas, etc. tuvieron un impacto tremendo en el control de las epidemias, favoreciendo notablemente la reducción de su incidencia.
Hoy día, afortunadamente (aunque en el tercer mundo sigan existiendo problemas de salud que en Occidente no hemos vuelto a ver desde hace mucho tiempo), en nuestra sociedad no nos preocupan tales amenazas. Gracias al progresivo control de las enfermedades infecciosas nos encontramos con que el hombre está cada vez más facultado para preservar su salud y disminuir con ello el riesgo de determinadas enfermedades.
Seguir fumando, bebiendo en exceso, conduciendo de modo imprudente, etc., implica eludir la responsabilidad que supone proteger de modo inteligente nuestra salud. En consecuencia, parece acertado afirmar que la mayor amenaza que se cierne actualmente sobre la salud del hombre occidental reside, muy probablemente, en nosotros mismos.