lunes, 6 de junio de 2011

Oración y enfermedad

El Dr. Sergio Martínez Cuéllar nos trae el siguiente comentario-reflexión: "Son pocos quienes, en situaciones extremas, niegan el poder de la fe en la religión, pero no obstante, se sabe que la distancia que hay entre la fe en la ciencia y la fe en Dios se ha estado manteniéndo inmutable durante siglos enteros. Sin embargo, recientemente, el espacio entre la ciencia y la espiritualidad parece haberse estrechado. No se trata de que una reemplace a la otra, pero sí parece que el poder de la medicina y el poder de la oración pueden congeniarse en una poderosa fuerza para la curación.
Una investigación llevada a cabo en Kansas (Estados Unidos) seleccionó a un grupo cristiano para que orase por la mitad de los pacientes que se encontraban en una unidad de cuidados coronarios. Según los responsables de la institución, se pudieron observar recuperaciones asombrosas de la enfermedad en los pacientes hacia los que se efectuaron las oraciones, y esperanzas muy positivas para los amigos y familiares del paciente. Para hacer el estudio, el secretario del capellán asignó al azar a todos los nuevos pacientes en dos grupos: aquellos por los que se oraría y aquellos que recibirían un cuidado usual. Así, en un período de doce meses, los pacientes a los que se le hicieron oraciones (y que, como sabe, ignoraban estas oraciones) estuvieron mejor que aquellos que no recibieron oraciones.
Una de las investigaciones más destacadas la efectuó en 1984 el cardiólogo Randy Bird. Para su ensayo utilizó como muestra a casi cuatrocientos pacientes. De forma aleatoria, mediante ordenador, los dividió en dos grupos. Todos estaban ingresados en la unidad de enfermedades del corazón del Hospital General de San Francisco (Estados Unidos). El primer grupo lo formaban 192 pacientes. Mientras que el segundo estaba integrado por 201. Era una de las investigaciones más ambiciosas realizadas respecto a este asunto.Tras la selección, el doctor Bird efectuó una ficha de los pacientes del primer grupo. Dichas fichas fueron entregadas a un grupo de religiosos pertenecientes a varios cultos. Debían orar, meditar o concentrarse pensando en ellos. Para asegurarse un buen resultado, el médico elaboró un protocolo gracias al cual ni pacientes ni personal médico sabían nada del asunto.El experimento se prolongó por espacio de un año. Transcurrido este tiempo, el científico comprobó los resultados. El objetivo era sencillo: saber si el grupo elegido para el ensayo había mejorado más que el de control.El doctor Bird comparó los resultados. Por ejemplo, respecto a si los pacientes habían requerido en algún momento de sus dolencias necesidad de conexión a respiradores. Los resultados le sorprendieron: ninguno de los enfermos sobre los que se había rezado lo requirieron, mientras que en el grupo de control necesitaron ese auxilio hasta doce de los pacientes.
Para Bird, todos los datos lo llevaban a una conclusión: lejos del azar, algo había influido en beneficio de la salud del primer grupo.
No fue el único estudio realizado. Platon Collip, profesor de pediatría de la Universidad de Nueva York, efectuó otro estudio similar en esas mismas fechas. Como muestra para su examen se sirvió de dieciocho niños que sufrían leucemia. Diez de ellos fueron sometidos al mismo examen y varios grupos de personas oraron por ellos. El experimento duró quince meses. Tras ese tiempo, ocho de esos diez pacientes seguían con vida. Mientras, en el grupo de control, sólo dos habían logrado superar la fatal enfermedad. Tras descartar el azar, el doctor dictaminó que, al margen de las terapias, hubo algo que actuó en beneficio de los enfermos.
La oración es una enorme fuente de poder, se le han reconocido grandes logros y curaciones milagrosas. El hecho de que las plegarias funcionen refleja que podemos hablar con Dios de una manera productiva. Esta comprobado que cuando un santo hindú se pone a meditar, los ejercicios respiratorios que practica ejercen un efecto fisiológico sobre su cuerpo. Con las oraciones ocurre lo mismo. Numerosos experimentos, que hemos citado anteriormente, parecen indicar que tienen un efecto benéfico sobre la salud. Sin embargo, en el ámbito científico sigue reinando el escepticismo en torno a este hecho, ya que no se ha encontrado aún una forma de rezar que funcione el cien por cien de las veces, ni se puede predecir con exactitud en que casos sanará la oración.
Al psicólogo Lawrence LeShan, que estudió en profundidad la curación a distancia en sus diversas fórmulas, le llamó la atención que, en el caso de la oración, fracasos y milagros iban unidos con frecuencia. Según los estudios de LeShan, las oraciones no parecen no funcionar más que en el veinte porciento de las veces.
Ya para concluir, permítanme que les cuente una historia. Gabriela Louise Redden, una mujer pobremente vestida y con una expresión de derrota en el rostro, entró en una tienda de ultramarinos. Se acercó al dueño de la tienda, y de una forma muy humilde le preguntó si podía fiarle algunas cosas. Hablando suavemente, explicó que su marido estaba muy enfermo y no podía trabajar, que tenían 7 hijos, y que necesitaban comida. El tendero, se burló de ella y le pidió que saliera de la tienda. Visualizando las necesidades de su familia, la mujer le dijo: "Por favor señor, le traeré el dinero tan pronto como pueda." El tendero le dijo que no podía darle crédito, ya que no tenía cuenta con la tienda. Junto al mostrador había un cliente que oyó la conversación. Se acercó al tendero y le dijo que él respondería por lo que necesitara la mujer para su familia. El tendero, no muy contento con lo que pasaba, le preguntó de mala gana a la señora si tenía una lista. La señora respondió: "¡Sí señor!". "Está bien," le dijo el tendero, "ponga su lista en la balanza, y lo que pese la lista, eso le daré en mercancía."
La señora pensó un momento con la cabeza baja, y después sacó una hoja de papel de su bolso y escribió algo en ella. Después puso la hoja de papel cuidadosamente sobre la balanza, todo esto con la cabeza baja. Los ojos del tendero se abrieron de asombro, al igual que los del cliente, cuando el plato de la balanza bajó hasta el mostrador y se mantuvo abajo. El tendero, mirando fijamente la balanza, se volvió hacia el cliente y le dijo: "¡No puedo creerlo!". El cliente sonrió mientras el tendero empezó a poner la mercancía en el otro plato de la balanza. La balanza no se movía, así que siguió llenando el plato hasta que ya no cupo más. El tendero vio lo que había puesto, completamente disgustado. Finalmente, quitó la lista del plato y la vio con mayor asombro. No era una lista de alimentos. Era una oración que decía: "Señor mío, tú sabes mis necesidades, y las pongo en tus manos". El tendero le dio las cosas que se habían juntado y se quedó de pie, frente a la balanza, atónito y en silencio. La señora le dio las gracias y salió de la tienda. El cliente le dio al tendero un billete de 50 dólares y le dijo: "Realmente valió cada centavo" .
En consecuencia, solo Dios sabe cuanto pesa una oración.