lunes, 14 de febrero de 2011

Polémica sobre el uso de la leche en adultos

A petición de nuestro seguidor incondicional Sergio Naranjo que me solicitaba información sobre si era saludable la leche en las personas adultas, he encontrado un artículo publicado en el País hace un tiempo que me gustó mucho y que pone de manifiesto la polémica existente, incluso entre los propios científicos. Dice así:
"Algunos pueblos de la antigüedad empleaban la leche para elaborar brebajes que según sus creencias les proporcionarían la inmortalidad. El líquido blanco es la representación de los cuidados maternos y como tal se considera un nutriente imprescindible de la dieta.
Algunos pueblos de la antigüedad empleaban la leche para elaborar brebajes que según sus creencias les proporcionarían la inmortalidad. El líquido blanco es la representación de los cuidados maternos y como tal se considera un nutriente imprescindible de la dieta. Sin embargo, algunos científicos sugieren que los productos lácteos son efectivamente un alimento casi sagrado durante la infancia, pero cuando se consume en la edad adulta sus bondades se pueden convertir en trampas capaces de desencadenar patologías como el cáncer de mama en las mujeres y los tumores de próstata en los varones. Otros especialistas consideran, por el contrario, que todavía no hay suficientes pruebas.
Investigadores como Jeffrey Holly, catedrático de Ciencias Clínicas de la Universidad de Bristol (Reino Unido) y coautor de un libro publicado bajo el título IGF y nutrición en la salud y en la enfermedad, asegura que la leche ha sido diseñada durante la evolución de los mamíferos como el alimento imprescindible para el crecimiento y particularmente para cubrir el periodo de tiempo entre el nacimiento y la maduración del sistema digestivo. Más tarde, segun él,  no es deseable que los tejidos del organismo crezcan rápidamente porque en ese caso se produce un cáncer.
El ser humano es el único mamífero que después de la lactancia materna continúa consumiendo derivados de la leche. Esta práctica es especialmente frecuente entre los individuos de raza caucásica (la predominante en Europa), mientras que la mayoría de la población del mundo (incluidos China y Japón) consume ninguno o muy pocos lácteos, y en estos individuos los cánceres de mama y próstata son extraordinariamente raros. 
Sin embargo, no todos los especialistas están de acuerdo, así estos estudios demuestran una asociación, pero no necesariamente una relación causal, la relación entre la leche y el cáncer es una hipótesis que tendría que ser confirmada.
Las miradas acusadoras se centran fundamentalmente sobre uno de los muchos componentes de la leche, la proteína IGF-1 (siglas en inglés de factor de crecimiento similar a la insulina), que puede favorecer la aparición del cáncer. El papel fundamental de esta molécula es estimular el crecimiento. Por este motivo, una vez que se ha rebasado la adolescencia sus niveles en sangre descienden, sin llegar evidentemente a anularse. De hecho, las deficiencias del factor de crecimiento están asociadas a un aumento de los trastornos cardiacos y del deterioro cognitivo.
En cuanto a su exceso, su acción sería la siguiente. En nuestro organismo se producen células potencialmente cancerígenas de forma continua, pero hay mecanismos de reparación del ADN y de muerte programada para destruir los elementos alterados y restablecer la normalidad. Si una célula cancerígena escapa a los controles mencionados y se encuentra con un exceso de IGF-1, éste le prestará sus propiedades de forma que le facilitará el crecimiento y la formación de una masa tumoral.
En los últimos años, varios grupos de investigación, entre ellos el de Holly y otros de las universidades de Harvard (EE UU) y Montreal (Canadá), han presentado en diversas publicaciones resultados que sugieren que los individuos que tienen los niveles más altos de IGF-1 en sangre presentan un riesgo entre tres y cuatro veces superior de desarrollar cáncer de mama o de próstata que aquellos que tienen concentraciones normales. Su conclusión, tras analizar los diferentes factores dietéticos, es que la leche y sus productos derivados son los únicos alimentos en los que se ha detectado una importante relación con los niveles de IGF-1 en sangre. Según algunos autores, la asociación es comparable a la bien conocida relación entre los niveles en sangre de colesterol y lípidos y el riesgo de patologías cardiovasculares.
El cáncer es un conjunto de enfermedades cada una de ellas con un origen distinto. Se sabe que su aparición depende de la interacción de múltiples mecanismos, entre ellos la genética y por supuesto la dieta, pero para afirmar rotundamente que existe una relación entre la leche y el cáncer se deberían hacer estudios controlados con individuos que toman leche, otros que la consumen desnatada y un último grupo que no la ingiere y la leche tiene multitud de componentes, entre ellos grasa, y también se sabe que la grasa animal puede contribuir al desarrollo de tumores.
Paralelamente, hay otros autores que han encontrado en sus estudios que la leche, fundamentalmente debido a su contenido en calcio, reduce el riesgo de cáncer de colon.
En general, los expertos son cautos a la hora de hacer recomendaciones, pero insisten en que si se reduce la ingesta de productos lácteos es necesario asegurar una dieta suficientemente rica que supla las necesidades de otros nutrientes importantes para la salud como el calcio o las vitaminas, aunque las evidencias no son suficientes para dejar de tomar leche.
El consejo de muchos expertos es que aquellos que estén preocupados por su riesgo de padecer alguno de estos tumores limiten el consumo de leche a menos de un vaso por día. Eso sí, siempre que sigan una alimentación equilibrada, y añaden que una buena dieta variada no necesita incluir derivados de la leche. En la dieta media de los españoles, los lácteos aportan el 66% del calcio necesario, pero existen otras fuentes: los cereales, las legumbres, las verduras de hoja verde, las semillas y las nueces son también ricos en calcio y la absorción del elemento es comparable a la de los derivados de la leche.
Un grupo de investigadores del Karolinska Institute (Suecia) publicó en el American Journal of Clinical Nutrition los hallazgos de un estudio que sugería una relación entre el consumo de más de dos vasos de leche al día y un notable incremento del riesgo de uno de los tipos de cáncer de ovario más comunes. En esta ocasión, los científicos apuntaban a la lactosa, un azúcar que se encuentra en los lácteos, como responsable, puesto que, según su teoría, estimula la superproducción de hormonas.
Uno de los primeros indicios de la asociación entre la leche, su contenido en IGF-1 y el cáncer surgió a finales de la década de 1990 en EE UU. Algunos años antes la FDA (la agencia estadounidense de los alimentos y fármacos) había aprobado la comercialización de leche de vacas tratadas con una hormona de crecimiento sintetizada por ingeniería genética. El objetivo era aumentar la producción de los animales. Sin embargo, al mismo tiempo que se incrementa la cantidad de leche, la hormona estimulaba la síntesis de IGF-1, de modo que el producto final podía tener hasta cinco veces más cantidad del factor de crecimiento asociado al cáncer que la normal"

Fuente: El País.