lunes, 25 de octubre de 2010

Sobre padres e hijos

En el períodico el país he leido recientemente este artículo sobre padres e hijos, titulado ¿Cómo puedo vivir en paz con mis padres?, y de la que paso a relatarles algunos fragmentos e ideas del mismo que me han parecido interesantes.
Dice así: "No existe ningún otro oficio en el mundo que requiera tanta dedicación y compromiso. Va mucho más allá de cualquier jornada completa, ser madre o padre implica responsabilizarse de la manutención, la protección y la educación de un bebé 24 horas al día  hasta que los hijos son capaces de valerse por sí mismos, emocional y económicamente, para lo cual transcurren entre 18 y 30 años, dependiendo de cada caso.
Es común escuchar a la gente decir que tener hijos es lo más maravilloso que te puede ocurrir, que te cambia la vida para siempre, e incluso que no existe ninguna experiencia comparable, pues los hijos despiertan lo mejor y lo peor de uno mismo. La paradoja es que a lo largo de nuestro proceso de educación nadie nos enseña a ejercer esta nueva función biológica, ya que tarde o temprano nos vemos sosteniendo en nuestros brazos a un recién nacido,  inocente, y es en ese preciso momento cuando nuestra ilusión se ve empañada por el miedo, sobre todo porque nos damos cuenta de que, en general, no tenemos ni idea de lo que se supone que debemos hacer.
Tener hijos no nos convierte en padres ni madres, del mismo modo que tener una guitarra no nos vuelve guitarristas. Esta es la razón por la que a muchos no nos queda más remedio que aprender a través de nuestra experiencia. Un proceso que irremediablemente nos lleva a cometer errores. En el nombre de nuestras mejores intenciones tomamos decisiones, actitudes y comportamientos pensando en lo que creemos que es mejor para nuestros hijos. Sin embargo, con el tiempo y la distancia, a veces nos damos cuenta de que hicimos lo que hicimos porque, en realidad, era lo mejor para nosotros.
Por otro lado dice: "Superada la etapa del enamoramiento, muy pocas relaciones mantienen encendida la llama del amor y esto es algo que terminan pagando nuestros retoños. Generación tras generación, muchos adultos seguimos priorizando nuestro interés personal en detrimento del bienestar de nuestros hijos. Estamos tan cegados por lo que creemos que puede aportarnos un bebé a nuestra existencia, que apenas reflexionamos sobre si estamos en condiciones de amarlo y educarlo tal y como necesita.
Para poder ser un buen padre se debe contar con la comprensión suficiente para disfrutar de una vida equilibrada y plena. Antes de dedicarnos a atender emocionalmente a nuestros hijos, primero debemos haberlo hecho con nosotros mismos. Solo así asumiremos nuestro nuevo rol de forma madura y responsable.
En otro párrafo del artículo dice "cuando nacen los niños son como una hoja en blanco: limpios, puros y sin limitaciones ni prejuicios de ningún tipo. Al ver el mundo por primera vez, se asombran por todas las cosas que en él suceden. Ese es el tesoro de la inocencia. Tan solo hay que ver la cara que ponemos los adultos cuando miramos cómo juega un niño a nuestro alrededor. Solemos sonreír, disipando por unos momentos la nube gris que normalmente distorsiona nuestra manera de ver e interpretar la realidad. Sin embargo, "los padres inconscientes creen erróneamente que sus hijos son una más de sus posesiones, y, en vez de darles lo que verdaderamente necesitan (cariño, atención, aceptación, libertad y mucho amor), les ponen todo tipo de límites, inculcándoles creencias, valores y aspiraciones que definan quiénes han de ser, cómo deben comportarse y de qué manera deben vivir".
La paternidad inconsciente suele generar dos tipos de reacciones en los hijos: "Los hay que literalmente se convierten en sus padres, adoptando el mismo estilo de vida". De hecho, "muchos copian y reproducen según qué comportamientos de sus padres a la hora de relacionarse con sus propios hijos". Por el contrario, "los hay que se rebelan, entrando en conflicto con el canon marcado por sus progenitores". En estos casos, "los hijos suelen construir un mundo personal, social y profesional opuesto al determinado por su entorno familiar".
Al convertirnos en adultos, los hijos solemos quejarnos por la mochila familiar que cargamos sobre nuestras espaldas, repleta de miedos, complejos y frustraciones. Sobre todo porque este exceso de equipaje suele condicionar y limitar nuestra manera de relacionarnos con los demás. Pero,  debido al tipo de infancia y de condicionamiento que recibieron en su día, nuestros padres suelen cargar con una maleta bastante más pesada que la nuestra.
Por ello, la conquista de nuestra independencia emocional no pasa por confrontar ni enemistarnos con nuestros progenitores. Por más que nos moleste, están en su derecho de opinar acerca de cómo les gustaría que fuera nuestra vida. Así, "el reto consiste en aprender a autoabastecernos emocionalmente, fortaleciendo nuestra autoestima". "Solo así podremos despedirnos definitivamente de la necesidad de que nuestros padres sean diferentes a como son hoy".
Además, "lo que no resolvemos con nuestros padres, lo trasladamos a nuestros hijos". De ahí que esta emancipación emocional sea el pilar sobre el que se asienta la "paternidad consciente", que, más allá de condicionar a los hijos, promueve una auténtica educación. Etimológicamente, uno de los significados de la palabra latina educare es "conducir de la oscuridad a la luz". Es decir, "extraer algo que está en nuestro interior, desarrollando todo nuestro potencial". Así, "nuestra función como padres no consiste en proyectar nuestra manera de ver el mundo sobre nuestros hijos, sino en acompañarles para que ellos mismos descubran su propia forma de mirarlo, comprenderlo y disfrutarlo".