domingo, 25 de julio de 2010

Historia del descubrimiento de los microbios


Los microbios buenos y también los malvados se aprovecharon de las limitaciones del ojo humano para pasar de incógnito por este mundo durante milenios, después que el hombre alcanzara el uso de la razón.

Ni el mismo Hipócrates llegó a intuir su existencia, convencido de que en el aire inhalado iban los colores tóxicos de los mismos a los que veía como causantes de las pestes, el cólera y otras infecciones. Había sido imposible que divisara los gérmenes porque sus dimensiones son de milésimas de milímetro y nuestras retinas no captan nada que tenga menos de una décima de milímetro.

Cincuenta años A.C., el imaginativo y fecundo escritor romano, Marcos Terentius Varrón, insinúa una idea que los médicos apreciaron como una loca fantasía. Ante una epidemia de los legionarios de Pompeyo dijo que se debía a invisibles animalitos que después de formarse en los pantanos, flotaba en el aire y se infiltraban en el cuerpo por la boca y las fosas nasales. 900 años más tarde el gran médico árabe Avicena difundía en Persia, actual Irán, la opinión de que seres corpusculares en el agua y en el enfermo eran los responsables de las enfermedades. Estas apreciaciones eran increíbles porque hasta los sabios pretendían que todas las cosas terrenales eran accesibles a los cinco sentidos y que sólo las de origen divino estaban fuera de su alcance y más allá de la razón.

En las universidades de Oxford, Cambridge, Salerno y París se seguía sosteniendo a mediados del siglo XVII que la vida estaba circunscrita al mundo de los animales y de las plantas porque así lo indicaban las Sagradas Escrituras. Esta noción estaba en vísperas entonces de sufrir una descarga demoledora. El autor de la misma sería un tendero que no había podido ir al escuela y que en sus ratos de ocio pulía lentes por simple aficción. Con lentes de 200 aumentos, se distraía en observar las formas de rojos platillos que ostentaban los glóbulos rojos descubiertos por Malpigi. ¿Así como existían estos componentes vivos de la sangre, no había otros en el líquido seminal?. Obtuvo una respuesta afirmativa al observar miríadas en microseres que agitaban sus colas para impulsarse en francas competencias de natación. Fue el primero en ver a los espermatozoides e identificarlos. Examinó muestras extraídas hasta de sus dientes. En multitudes de puntos, bastoncillos y espirales moviéndose como en un hervidero en la pequeña solución que examinaba con su rudimentario microscópico.

Los catedráticos aferrados al dogmatismo medieval, a pesar de que el renacimiento empezaba a iluminarlo todos, desdeñaron el descubrimiento de este otro mundo. Abundaron los curiosos que adquirían los lentes de Leeuwenhoek para recrearse, contemplando el insólito espectáculo, de ejércitos de exponentes de la otrora son los protozoarios y las bacterias.

Durante un siglo los sabios de toga y birrete se negaron a estudiar el fenómeno y a concederle seriedad. El mismo Linneo, al establecer el Reino Animal y el Reino Vegetal, se abstuvo de ubicarlos, limitándose a darles el nombre de "Caos", el mismo que Von Helmont le diera a los gases. Admitida la existencia de las formas invisibles de la vida, los creacionistas afirmaron que salían de la nada porque al igual que Adán y Eva eran obra de Dios. El italiano Spalanzani y el ruso Terejovski que pensaban lo contrario señalaron que se trataba de animalitos que en un medio propicio se multiplicaban a través de descendientes, lo cual no ocurría cuando los experimentos se hacían en agua estéril. Pasteur le daría el golpe de muerte a la teoría de seres que nacían sin embrión y sin progenitores con ensayos que nos parecen sencillos, así por ejemplo la carne esterilizada dentro de un frasco sellado igualmente estéril se mantenía sana y sin descomponerse, pero la colocada dentro de un frasco que había dejados pasar al aire por minutos se pudría transformada en un hervidero de microorganismos.